El día con menos horas de
descanso amanece muy temprano y termina ya en la siguiente madrugada. Es el día
más grande para Úbeda, el Viernes Santo. El día donde termina y empieza todo.
El día en el que Jesús nos salva portando la cruz de la vida, cruz que está
presente en todos los tronos del día y que se intuye en los que cierran la
jornada bajo las antorchas de fuego. Ese día que acaba con la más magna de las
procesiones, que 125 años después hemos recordado vagamente con una simple
exposición fotográfica, da sentido al ubetense y a todos los que nos visitan.
Ese día para un cofrade que tiene su salida penitencial todo toma sentido y el
esfuerzo, el trabajo, los sinsabores y las alegrías que durante el año nos
acompañan se transforman en la luz de la vida.
Viernes Santo de túnicas moradas,
blancas y negras y de capas moradas, blancas y negras, de capuces morados,
blancos y negros que reflejan el sufrimiento la pureza y el luto del dolor
consumado. De miradas al cielo para pedir por todo lo que necesitamos y tornar
el cielo de oscuro a brillante celeste para que Jesús el Nazareno, Caído por el
peso de nuestros pecados, Expirando con agónico sufrimiento, Descendiendo de la
cruz y muerto en los brazos de su madre, Enterrado con la corte de acompañantes
más íntimos de Jesús, Yaciendo en la fría lápida de la incomprensión y el
egoísmo humano nos haga ver que es sólo el principio para el perdón de los
pecados y la vuelta a la vida. Todo cobra sentido y nada sería lo mismo si María
en el dolor del morado manto, María en la Amargura del azul suspiro, María en
el negro dolor de la hora novena, María en la Angustia de recibir a su hijo
muerto, María en la Soledad más profunda del dolor más injusto y María reina de
Nazaret con el luto del negro más azabache no estuviera presente tras la estela
de su Hijo.
Viernes Santo en el que se abren
las puertas de la Basílica de Santa María, del monte Gólgota de la Trinidad, de
los claros de San Isidoro y de la raíz más profunda en la cuesta de San Millán.
Viernes Santo de tambores, timbales y trompetas de lamento que anuncian el
final para que todo de nuevo comience.
Viernes Santo, donde nos
despediremos hasta el año próximo con esas miradas de lágrimas contenidas
pidiendo a Jesús y a María que de nuevo podamos verlos al año siguiente
esperando con ansiedad la cercana noche de la resurrección de Jesús.
Las comidas familiares que
guardan la vigilia de la cerrada cuaresma nos emplazan a no abandonar a Jesús,
a acompañarlo cada día en el caminar diario que nos eleve la mirada al cielo
ubetense.
Jacinto Higueras, Francisco Palma
Burgos, Bartolomé Alvarado, Mariano Beinlliure, Juan Luis Vassallo, Manuel
Mazuelos y Manuel Doblas, Nicolás Prados, Marcelo Góngora y Amadeo R. Olmos
trazan con su imperial gubia los rostros más icónicos del magistral Viernes
Santo.
Miserere, Tristeza, Expiración,
Angustias, Stabat Mater y Santo Entierro son los sones celestiales para el más
ubetense Viernes Santo, el día más grande del año de nuestra patrimonial
ciudad.
✍️ Francisco González Martínez
📷 Francisco González Martínez
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