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VIERNES SANTO, POR FRANCISCO GONZÁLEZ.


El día con menos horas de descanso amanece muy temprano y termina ya en la siguiente madrugada. Es el día más grande para Úbeda, el Viernes Santo. El día donde termina y empieza todo. El día en el que Jesús nos salva portando la cruz de la vida, cruz que está presente en todos los tronos del día y que se intuye en los que cierran la jornada bajo las antorchas de fuego. Ese día que acaba con la más magna de las procesiones, que 125 años después hemos recordado vagamente con una simple exposición fotográfica, da sentido al ubetense y a todos los que nos visitan. Ese día para un cofrade que tiene su salida penitencial todo toma sentido y el esfuerzo, el trabajo, los sinsabores y las alegrías que durante el año nos acompañan se transforman en la luz de la vida.

Viernes Santo de túnicas moradas, blancas y negras y de capas moradas, blancas y negras, de capuces morados, blancos y negros que reflejan el sufrimiento la pureza y el luto del dolor consumado. De miradas al cielo para pedir por todo lo que necesitamos y tornar el cielo de oscuro a brillante celeste para que Jesús el Nazareno, Caído por el peso de nuestros pecados, Expirando con agónico sufrimiento, Descendiendo de la cruz y muerto en los brazos de su madre, Enterrado con la corte de acompañantes más íntimos de Jesús, Yaciendo en la fría lápida de la incomprensión y el egoísmo humano nos haga ver que es sólo el principio para el perdón de los pecados y la vuelta a la vida. Todo cobra sentido y nada sería lo mismo si María en el dolor del morado manto, María en la Amargura del azul suspiro, María en el negro dolor de la hora novena, María en la Angustia de recibir a su hijo muerto, María en la Soledad más profunda del dolor más injusto y María reina de Nazaret con el luto del negro más azabache no estuviera presente tras la estela de su Hijo.

Viernes Santo en el que se abren las puertas de la Basílica de Santa María, del monte Gólgota de la Trinidad, de los claros de San Isidoro y de la raíz más profunda en la cuesta de San Millán. Viernes Santo de tambores, timbales y trompetas de lamento que anuncian el final para que todo de nuevo comience.

Viernes Santo, donde nos despediremos hasta el año próximo con esas miradas de lágrimas contenidas pidiendo a Jesús y a María que de nuevo podamos verlos al año siguiente esperando con ansiedad la cercana noche de la resurrección de Jesús.

Las comidas familiares que guardan la vigilia de la cerrada cuaresma nos emplazan a no abandonar a Jesús, a acompañarlo cada día en el caminar diario que nos eleve la mirada al cielo ubetense.

Jacinto Higueras, Francisco Palma Burgos, Bartolomé Alvarado, Mariano Beinlliure, Juan Luis Vassallo, Manuel Mazuelos y Manuel Doblas, Nicolás Prados, Marcelo Góngora y Amadeo R. Olmos trazan con su imperial gubia los rostros más icónicos del magistral Viernes Santo.

Miserere, Tristeza, Expiración, Angustias, Stabat Mater y Santo Entierro son los sones celestiales para el más ubetense Viernes Santo, el día más grande del año de nuestra patrimonial ciudad.

✍️ Francisco González Martínez 

📷 Francisco González Martínez 

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