Es aún de noche en la Casa de
Jesús, los hermanos estamos vestidos de nazarenos en la calle Compañía. El
pendón se sitúa ya donde se encontraba el busto de don Juan Pasquau, en la casa
de la Tercia, traspasando la muralla por el arco de las Ventanas. Los varales lucen
ya encendidos, con sus velas moradas que pronto manchan las tulipas con
lágrimas de cera morada. Se escuchan lamentos en los corros de trompeteros. Las
mariposas no dejan de volar por tu estómago, impidiendo que comas ese rosco de
Jesús que todo el año añoras, pero que ahora tienes delante y te muestras
incapaz de probarlo. Hay nervios entre los grupos de hermanos, cada uno dando
la primicia del último avance meteorológico, que sitúa lluvias en Úbeda, pero
fuera del horario de la procesión. Los edificios colindantes impiden mirar a
Baeza, desde donde nos viene el tiempo, pero se ven estrellas en el cielo,
desafiando a las nubes para mostrarse en el cielo ubetense. Ese cielo que aún
está oscuro, y donde la primera luna llena del equinoccio de primavera, luce
por encima de todo. Como un faro en la costa lo hace con los navegantes que se
aproximan a ella. Esa luna que nos presagia algo en esta madrugada de Viernes
Santo.
Las conversaciones entre hermanos
quedan abruptamente interrumpidas por un toque de cornetín, al que sucede el
padrenuestro en recuerdo de aquellos hermanos que ya no están visibles a
nuestro lado, pero que continúan con nosotros en lo más valioso de nuestro ser,
nuestros recuerdos. La campana empieza a sonar, con su característica voz que
simula el latido de un gran corazón, ese corazón que llevamos sobre nuestro
peto de raso morado, junto a la medalla que recibimos en nuestro primer año de
hermanos.
Y comienza a bajar el guión hacia
Santa María, ese templo que tantos años estuvo en obras, que tanto nos dolía
ver cerrado, pero que vuelve a ser la sede de nuestros titulares, con la fuerza
de antaño. Se ven los primeros niños con su varalillo de medalla, con su
capirucho al descubierto, pero sin mostrar cara de cansancio. También algunos
bebés que sus padres llevan en brazos. Tranquilos porque huelen la presencia de
su progenitor, aunque les sea imposible verlos porque una careta se lo impide.
Es su primera prueba de fuego de fe, ya que creen sin ver, dejándose llevar por
su instinto natural.
Al guión se van añadiendo
hermanos rezagados, que se incorporan al paso de este, mientras avanza sin
pausa por el Real, buscando la más bella plaza renacentista de España, que se
va poblando de ubetenses. De los que tienen el privilegio de vivir aquí, y de
los que partieron un día, sin billete de vuelta, soñando con volver a lo largo
de los años, pero que ven cómo ese tren no llega, ni quizás lo haga nunca, y se
conforman con volver en las fiestas significativas, con el miedo de sentirse
forasteros en la tierra que les vio nacer.
Quedan sólo quince minutos para
las siete de la mañana, el guión llega a la puerta de la Consolada, y continúa
hacia la fuente renacentista, cuyo chorro de agua contempla siempre, al brotar
de ella, el más bello monumento de Úbeda, la Sacra Capilla del Salvador del
mundo. Ese ruido del agua al nacer, se suma al leve murmullo de los ubetenses
que se arremolinan frente a la puerta, y al de algunas tulipas que chocan, de
manera fortuita, como queriéndose saludar entre ellas. El silencio lo invade
todo, como si estuviésemos sordos.
Ya se encuentra todo el guión
formado, con huecos en sus filas, evitando los obstáculos de los árboles, y del
monumento del arquitecto que transformó a Úbeda. Ya sólo quedan apenas unos
minutos. La banda de música espera, a un lado de la puerta, perfectamente
uniformada y con las partituras del maestro Victoriano a la vista, preparadas
para pedir compasión a Dios. Esa puerta aún se encuentra cerrada, esperando su
turno, pero que en su interior contiene la mayor muestra de amor del mundo.
La Hermana Mayor comprueba su
reloj, aproximándose de manera solemne a la puerta, y dando tres golpes en ella,
que retumban en nuestro pecho, y amansan a esas mariposas que llevan toda la
madrugada aleteando en nuestro interior. En ese momento se escucha cómo se
abaten las hojas de la puerta, crujiendo dichosas de gozo, mientras dejan
entrever la figura de Jesús Nazareno, que un año más nos muestra el amanecer
morado. Se elevan las notas del Miserere sobre el cielo, cayendo sobre nosotros
como agujas que atraviesan nuestra piel, y se clavan en lo más profundo de
nuestro corazón. Jesús Nazareno sale a nuestro paso, portado por sus cirineos, caminando
hacia el Calvario, con ritmo firme y solemne, entre una débil neblina de
incienso, cuya fragancia llega pronto a nosotros, mientras caen nuestras
lágrimas, llenas de emoción y sentimiento, y nuestra mente se refugia en aquellos
cálidos recuerdos de nuestra vida, nuestros anhelos del pasado, que brotan al
exterior en forma de lágrimas y suspiros, latiendo nuestro corazón al ritmo
acompasado que lo hace Jesús, que pasa a nuestro lado, examinando nuestro
interior, perdonando nuestros pecados, y mostrándonos el camino a lo eterno,
como una estela a su paso, el del amor verdadero.
✍️ Miguel Ángel Santisteban Martínez
📷 Pedro Lindez Trillo
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