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VIERNES SANTO DE JESÚS NAZARENO. POR MIGUEL ÁNGEL SANTISTEBAN.


Es aún de noche en la Casa de Jesús, los hermanos estamos vestidos de nazarenos en la calle Compañía. El pendón se sitúa ya donde se encontraba el busto de don Juan Pasquau, en la casa de la Tercia, traspasando la muralla por el arco de las Ventanas. Los varales lucen ya encendidos, con sus velas moradas que pronto manchan las tulipas con lágrimas de cera morada. Se escuchan lamentos en los corros de trompeteros. Las mariposas no dejan de volar por tu estómago, impidiendo que comas ese rosco de Jesús que todo el año añoras, pero que ahora tienes delante y te muestras incapaz de probarlo. Hay nervios entre los grupos de hermanos, cada uno dando la primicia del último avance meteorológico, que sitúa lluvias en Úbeda, pero fuera del horario de la procesión. Los edificios colindantes impiden mirar a Baeza, desde donde nos viene el tiempo, pero se ven estrellas en el cielo, desafiando a las nubes para mostrarse en el cielo ubetense. Ese cielo que aún está oscuro, y donde la primera luna llena del equinoccio de primavera, luce por encima de todo. Como un faro en la costa lo hace con los navegantes que se aproximan a ella. Esa luna que nos presagia algo en esta madrugada de Viernes Santo.

Las conversaciones entre hermanos quedan abruptamente interrumpidas por un toque de cornetín, al que sucede el padrenuestro en recuerdo de aquellos hermanos que ya no están visibles a nuestro lado, pero que continúan con nosotros en lo más valioso de nuestro ser, nuestros recuerdos. La campana empieza a sonar, con su característica voz que simula el latido de un gran corazón, ese corazón que llevamos sobre nuestro peto de raso morado, junto a la medalla que recibimos en nuestro primer año de hermanos.

Y comienza a bajar el guión hacia Santa María, ese templo que tantos años estuvo en obras, que tanto nos dolía ver cerrado, pero que vuelve a ser la sede de nuestros titulares, con la fuerza de antaño. Se ven los primeros niños con su varalillo de medalla, con su capirucho al descubierto, pero sin mostrar cara de cansancio. También algunos bebés que sus padres llevan en brazos. Tranquilos porque huelen la presencia de su progenitor, aunque les sea imposible verlos porque una careta se lo impide. Es su primera prueba de fuego de fe, ya que creen sin ver, dejándose llevar por su instinto natural.

Al guión se van añadiendo hermanos rezagados, que se incorporan al paso de este, mientras avanza sin pausa por el Real, buscando la más bella plaza renacentista de España, que se va poblando de ubetenses. De los que tienen el privilegio de vivir aquí, y de los que partieron un día, sin billete de vuelta, soñando con volver a lo largo de los años, pero que ven cómo ese tren no llega, ni quizás lo haga nunca, y se conforman con volver en las fiestas significativas, con el miedo de sentirse forasteros en la tierra que les vio nacer.

Quedan sólo quince minutos para las siete de la mañana, el guión llega a la puerta de la Consolada, y continúa hacia la fuente renacentista, cuyo chorro de agua contempla siempre, al brotar de ella, el más bello monumento de Úbeda, la Sacra Capilla del Salvador del mundo. Ese ruido del agua al nacer, se suma al leve murmullo de los ubetenses que se arremolinan frente a la puerta, y al de algunas tulipas que chocan, de manera fortuita, como queriéndose saludar entre ellas. El silencio lo invade todo, como si estuviésemos sordos.

Ya se encuentra todo el guión formado, con huecos en sus filas, evitando los obstáculos de los árboles, y del monumento del arquitecto que transformó a Úbeda. Ya sólo quedan apenas unos minutos. La banda de música espera, a un lado de la puerta, perfectamente uniformada y con las partituras del maestro Victoriano a la vista, preparadas para pedir compasión a Dios. Esa puerta aún se encuentra cerrada, esperando su turno, pero que en su interior contiene la mayor muestra de amor del mundo.

La Hermana Mayor comprueba su reloj, aproximándose de manera solemne a la puerta, y dando tres golpes en ella, que retumban en nuestro pecho, y amansan a esas mariposas que llevan toda la madrugada aleteando en nuestro interior. En ese momento se escucha cómo se abaten las hojas de la puerta, crujiendo dichosas de gozo, mientras dejan entrever la figura de Jesús Nazareno, que un año más nos muestra el amanecer morado. Se elevan las notas del Miserere sobre el cielo, cayendo sobre nosotros como agujas que atraviesan nuestra piel, y se clavan en lo más profundo de nuestro corazón. Jesús Nazareno sale a nuestro paso, portado por sus cirineos, caminando hacia el Calvario, con ritmo firme y solemne, entre una débil neblina de incienso, cuya fragancia llega pronto a nosotros, mientras caen nuestras lágrimas, llenas de emoción y sentimiento, y nuestra mente se refugia en aquellos cálidos recuerdos de nuestra vida, nuestros anhelos del pasado, que brotan al exterior en forma de lágrimas y suspiros, latiendo nuestro corazón al ritmo acompasado que lo hace Jesús, que pasa a nuestro lado, examinando nuestro interior, perdonando nuestros pecados, y mostrándonos el camino a lo eterno, como una estela a su paso, el del amor verdadero.

✍️ Miguel Ángel Santisteban Martínez

📷 Pedro Lindez Trillo

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