Amanece prematuro el día, temprano, muy pronto, como con prisas, y una larga fila de almas vestidas de morado inundan las calles que dan al inicio de todo, a la Casa de Jesús. Allí comenzará el camino del Viernes Santo ubetense, allí los corazones de Jesús comenzarán su caminar hasta la Basílica de Santa María, donde la conjunción perfecta se produce en el momento más mágico y emotivo de la Semana Santa de Úbeda, cuando un Presidente, cuando un Hermano Mayor, cuando una Hermana Mayor… golpea con fuerza la puerta de la Consolada, y entonces Dios obra su milagro, su mixtura perfecta con el primer cantar del gallo, con la salida del primer rayo de luz, con la melodía celestial del "Miserere", con un guión morado con luz alzada en tulipas ubetenses, con Jesús saliendo a ver a su pueblo, el momento donde lo celestial y lo terrenal se tocan, la hora en la que las almas de todos los hermanos de Jesús de todos los tiempos se reúnen para ver la salida de Cristo cargado con la Cruz del mundo, es el momento del Cristo de “las Aguas” al que en esta época de sequias pediremos haga el milagro una vez más. Es el momento en el que la piel se eriza, en el que las lágrimas asoman bajo el capirucho del cofrade, en el que el corazón se encoje, el nudo en la garganta aprieta, en el que todos queremos ver a Jesús, todos lo esperamos, todos: penitentes morados y fieles devotos de Jesús, que madrugan cada año para verlo, todos lo esperamos y somos parte de esa combinación mágica, de ese coctel de emociones, sentimientos, tradición y melodías que guiadas por el tintineo de la campanilla de Jesús, y con el acompañamiento de la marcha de todas las marchas ubetenses que es “Dolorosa”, transforman el amanecer morado ubetense en el momento de momentos, en el éxtasis de la Semana más grande del año.
Y así, cargados de emoción, de sentimientos, de recuerdos, de nostalgia y de fe, comienza el fiel guión morado a rellenar una nueva página en la historia del Viernes Santo en la Úbeda cofrade, con Jesús el Nazareno, la Santísima Virgen de los Dolores con San Juan, y la mujer Verónica, al que se unirán en el paso de las horas del viernes la Cofradía de La Caída, con su impresionante Cristo Caído y la Virgen de la Amargura, y poco a poco llegará el momento de la Cofradía de la Expiración, con Jesús crucificado en su último aliento, en la expiración de su vida, el último soplo vital en el que María Santísima de los Dolores le acompaña. Y darán paso entrando ya la tarde, a la Cofradía de las Angustias, con el Descendimiento de Cristo por José de Arimatea en compañía de San Juan y María Magdalena y Nuestra Señora de las Angustias sosteniendo en sus brazos a Jesús muerto. En el transcurrir de la tarde llegará el turno a la Virgen de la Soledad, que, desde el barrio alfarero por antonomasia, sonará a lamentos y “Stabat Mater”.
Bien entrada la tarde, antes del anochecer, cuando las bandas y guiones de la decena de hermandades que han ido realizando sus ligeros, traslados, y posicionamientos en la noble y leal ciudad de los cerros, con sus pasos y tronos para conformar la única, la histórica, la que nos define, la envidiable, la que si es muestra del ubetensismo más auténtico, la que nos identifica como Semana Santa diferencial, la que poco cuidamos y poco valoramos desde el interior de la mayoría de Cofradías y Hermandades, la que poco o nada valoró en su 125 aniversario la Unión Local de Cofradías, la que hace más grande nuestra Semana Mayor, la que no es importada de la baja Andalucía y tampoco tiene parangón en la alta o región del antiguo reino de Granada. Nuestra ubetense y genuina; Magna Procesión General que acompaña a la Cofradía del Santo Entierro de Cristo y Santo Sepulcro desde el año 1897.
Y es entonces cuando llegan las 22:00 horas, las diez de la noche, el segundo momento de momentos en el que el cielo llama a todos los difuntos de la historia de la ciudad de Úbeda a asomarse al palco presidencial del cielo para ver la mágica noche del Viernes Santo, para escuchar el “Silencio”, para oír “Santo Entierro”, para contemplar el fuego de la vida en una losa de muerte donde yace el amor de Úbeda, el amor por Úbeda, el cuerpo frío de Jesús Yacente. Cuatro coronas fúnebres adornan la escena, un guión de cofrades de riguroso luto y gola cervantina acompañan a Cristo a su entierro, una banda grandiosa de tambores y roncos timbales marcan el paso del Hijo de Dios al Sepulcro. María de Nazaret ve la escena del Entierro de su Hijo, no está sola, María Magdalena y San Juan están con ella, les ayudan en su ardua y bendita tarea, los Santos Varones: Nicodemo y José de Arimatea, que serán los últimos bastiones de Jesús el Nazareno el Viernes Santo.
Y así, entre los 'Sones de Lamento', las melodías de “Santo Entierro”, “María de Nazaret” y “Santo Sepulcro”, pasará el último guión, la última compañía de Cristo antes de ser enterrado, el guión de faroles forjados con llama de fuego, el guión de tulipas ubetenses con vela ardiente, los custodios del Sepulcro de Cristo, las cuatro llamas del amor de Dios nacidas en los pebeteros del sepulcro.
Seguiremos el cortejo oficial de la Magna, poco a poco nos despediremos de varias de las Cofradías y Hermandades que han tenido a bien acompañarnos en este Entierro Santo, y así, encaramos Montiel, la calle de todas las calles, el camino al encierro, la rúa al Sepulcro de la Basílica de Úbeda, la de Santa María de los Reales Alcázares, la casa de María de Nazaret. Desde este instante caminamos solos, pocos serán los fieles que nos acompañen, aquí ahora hay un silencio únicamente roto por el toque de nuestra banda de cabecera, aquí hay un respeto absoluto, no hay parafernalias ni griteríos, no hay mayor protagonista que el Hijo de Dios. Todos los cofrades del Santo Entierro amamos, ansiamos, apreciamos y nos glorificamos en este momento, ¡qué momento!. Como vulgarmente decimos: la piel se pone de gallina, el corazón se acelera, pues ya queda poco, pero lo que queda es la verdad, lo de verdad, lo que une todos los corazones negros en un solo ser, la fusión perfecta entre lo humano y lo divino, el sentido de todo, lo que nos toca la fibra sensible de nuestra fe, de nuestro alma y nuestro propio ser.
Llegamos donde todo empezó el Viernes Santo ubetense en el amanecer morado, llegamos a la casa de Jesús el Nazareno con Cristo muerto, cerramos el circulo, finalizamos un capítulo más de la Semana Santa ubetense, cada año parecida pero nunca igual, cada año única y distinta, clausuramos el Viernes Santo tras la mágica noche del Santo Entierro.
✍️ Antonio Jesús Hidalgo Campos "Capi"
📷 Virginia Jiménez
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